¿Queremos el planeta o queremos destruirlo? La hipocresía que nos cuesta la selva y el agua
En el Día de la Tierra, un análisis sobre la deforestación hormiga en Misiones, el impacto del tabaco y la contradicción de nuestras acciones cotidianas.

Hoy es el Día de la Tierra. En las redes circulan fotos de árboles, frases sobre el planeta y posteos con emojis de hojas verdes. Municipios organizan "jornadas de concientización". Familias llevan a sus hijos a plantar un árbol. Y mientras tanto, en algún rincón de la selva misionera, una motosierra trabaja sin parar. En alguna chacra del centro provincial, un productor mezcla endosulfán sin guantes porque no le queda otra. En algún jardín de Posadas, alguien rocía glifosato sobre los "yuyos" que brotaron después de la lluvia.
La pregunta que nadie quiere hacerse en este día es simple y brutal: ¿en serio queremos la Tierra, o la queremos destruir?
La selva que tenemos. Y la que perdemos igual.
Misiones es, en el contexto argentino, una anomalía positiva. Mientras el norte del país arrasó más de 210.000 hectáreas de bosque nativo en 2025 —una superficie equivalente a más de diez veces la extensión de la Ciudad de Buenos Aires, con un incremento del 40% respecto a 2024—, la provincia redujo su deforestación. La serie histórica confirma una tendencia descendente: de 4.790 hectáreas en 2023, se pasó a 4.277 en 2024, hasta alcanzar 4.118 en 2025, por debajo del promedio histórico de 5.000 hectáreas anuales.
Eso es una buena noticia. Pero no alcanza para el autoengaño. Porque esas más de cuatro mil hectáreas que se pierden cada año en Misiones no las desmonta una empresa multinacional con topadoras a la vista. La deforestación sigue siendo mayormente atomizada, bajo la modalidad conocida como "desmonte hormiga", impulsada principalmente por pequeños productores o colonos. El 81% de los casos detectados corresponde a desmontes menores a una hectárea. Es decir: somos nosotros. Los de a pie. Los que talan un pedacito para ampliar la chacra, para meter unas vacas más, para limpiar el terreno porque el monte "no sirve para nada".
Y lo que se pierde cuando se cae ese pedacito de selva no tiene precio en el mercado. La selva misionera es una de las regiones más biodiversas de la Argentina, con alrededor de 3.000 especies de plantas vasculares y 500 especies de aves, y es el hábitat del yaguareté con la mayor concentración de ejemplares de esa especie en el país. El ecosistema alberga más de 150 especies de mamíferos, 564 especies de aves, 260 especies de peces de agua dulce, 116 especies de reptiles y 68 especies de anfibios. El bosque Atlántico —del que la selva misionera forma parte— es considerado uno de los sitios de mayor importancia para la conservación de la biodiversidad a nivel global, y uno de los diez ecosistemas más importantes para la producción de alimentos y la mitigación del cambio climático.
Todo eso vive en lo que popularmente se llama "el monte" o "el yuyal". Todo eso muere cuando decimos que hay que limpiar.
El tabaco: el cultivo que destruye la tierra para envenenarnos dos veces
Si hay un símbolo de la contradicción misionera, es el tabaco. La provincia es históricamente tabacalera. Miles de familias colonas construyeron su sustento sobre ese cultivo. Pero lo que rara vez se dice en voz alta es que la industria tabacalera no solo enferma a quienes fuman: enferma la tierra, el agua, los cuerpos de quienes la cultivan y, sobre todo, el futuro de sus hijos.
Para el curado de las hojas de tabaco se necesitan aproximadamente 11,4 toneladas métricas de bosque al año. Los bosques son reemplazados por tabaco y luego talados para ese curado, lo que contribuye a la deforestación, la pérdida de biodiversidad, la erosión del suelo y la alteración del ciclo del agua. A escala global, el cultivo y la producción de tabaco destruyen 600 millones de árboles y 200.000 hectáreas de tierra, consumen 22.000 millones de toneladas de agua y emiten 84 millones de toneladas de CO2 al año.
Pero el daño en Misiones tiene nombre y apellido, y también tiene diagnóstico médico. El tabaco se desarrolla en la provincia bajo la tutela de grandes compañías que promueven un paquete tecnológico basado en el uso intensivo de plaguicidas y agroquímicos, a los que los propios productores llaman agrotóxicos o venenos. Las empresas controlan la totalidad del proceso productivo: la venta de insumos, la supervisión del trabajo, la imposición de los precios. Los colonos quedan atrapados en una trampa perfecta: no pueden encontrar alternativas serias al cultivo de tabaco, pero la necesidad de controlar los riesgos agronómicos y económicos prevalece sobre la preservación de su propio capital físico, es decir, su propia salud.
El resultado es devastador. En Misiones, 5 de cada 1.000 niños nacen afectados de meliomeningocele, una malformación del sistema nervioso central. Los casos se reiteran en las zonas tabacaleras y papeleras, donde el uso de agrotóxicos provoca degradación del suelo, contaminación del aire y envenenamiento de los cursos de agua. Gran parte de las solicitudes de medicamentos oncológicos recibidas por el Ministerio de Salud de Misiones provienen del centro de la provincia, área tabacalera por excelencia, y de allí procede también el 80% de los pacientes atendidos por las clínicas privadas por este tipo de patologías.
Envenenamos el suelo. Envenenamos el agua. Y nos envenenamos a nosotros mismos. Y después lloramos porque los acuíferos se secan y los niños nacen enfermos.
El jardín de la casa: la hipocresía que nadie nombra
Abandonemos por un momento la escala grande y hablemos de algo más cotidiano, más incómodo. El glifosato que se rocía sobre los "yuyos" del fondo de la casa no es menos agrotóxico que el que usa el gran productor de soja en el Chaco. El insecticida que se tira al verdeo de la huerta "para que no lo coman los bichos" contamina el mismo suelo que después va a alimentar a la familia. Los plaguicidas que se venden sin receta en el almacén de la colonia llegan a las napas, a los arroyos, al agua que se toma.
Y el "yuyo" que se arranca con bronca, ese que "arruina el jardín", ese que "invade la huerta", muchas veces es una planta nativa con función ecosistémica: fija nitrógeno, alberga insectos polinizadores, protege el suelo de la erosión, llama aves que controlan plagas. Lo que llamamos maleza es, en muchos casos, biodiversidad funcionando. Y la destruimos porque no nos gusta cómo se ve.
Queremos monte pero no toleramos el monte cerca. Queremos aire puro pero fumigamos el jardín. Queremos agua limpia pero tiramos veneno a diez metros del arroyo. Es la hipocresía doméstica, la que no aparece en los informes de Greenpeace pero que, sumada, destruye tanto como cualquier empresa.
La principal causa del problema también tiene nombre: el modelo productivo
Hay que decirlo sin eufemismos. En Misiones, la principal causa de la deforestación es la expansión y diversificación agropecuaria, en especial la agricultura y la ganadería intensiva. El monocultivo —sea tabaco, yerba mate convencional, pino, o cualquier otra variante— destruye biodiversidad, empobrece suelos, contamina agua y hace a los ecosistemas vulnerables a plagas y enfermedades que, irónicamente, después se combaten con más agroquímicos.
El círculo vicioso tiene nombre técnico: simplificación del agroecosistema. Y tiene consecuencias concretas: la deforestación modifica el ciclo hidrológico, altera el ciclo de nutrientes con pérdidas de fertilidad en los suelos, aumenta la emisión de gases de efecto invernadero y destruye biodiversidad junto con todos los servicios ecosistémicos que esta provee. Lo que queda después del monocultivo no es tierra productiva. Es tierra esquilmada.
Pero hay otra forma. Y ya está pasando en Misiones.
El informe no terminaría bien si solo nombrara el problema. Porque en la propia Misiones, en medio de toda esa contradicción, hay personas que encontraron otro camino. La provincia cuenta con una Ley de Fomento a la Producción Agroecológica, reglamentada en 2020, que puso en marcha un sistema participativo de certificación. Hasta el primer trimestre de 2024, doce chacras completaron la transición a sistemas 100% agroecológicos, mientras otras ochenta están en proceso de transición.
Una de las productoras certificadas es Beatriz Zemunich, de la Chacra Biodiversidad en Wanda, quien lleva más de dos décadas abocada a la producción libre de agrotóxicos y atribuye su orientación hacia la agroecología al contacto con la cosmovisión del Pueblo Mbya Guaraní. El conocimiento que los colonos descartaron como "primitivo" resulta ser, en realidad, la respuesta más sofisticada a los problemas que el monocultivo crea.
Experiencias comunitarias en El Soberbio combinan agroecología con trabajo asociativo, buscando transformar los modelos productivos hegemónicos en opciones sostenibles, reemplazando el monocultivo por diversificación de la chacra y promoviendo la regeneración del suelo y la preservación de la biodiversidad. El camino existe. No es utopía. Es tierra colorada, trabajo en red y decisión política de producir diferente.
Qué podemos hacer si DE VERDAD queremos la tierra
La pregunta del título tiene respuesta. Pero requiere dejar de lado el postureo ambiental del Día de la Tierra y asumir compromisos cotidianos, concretos, incómodos.
- Generar biodiversidad, no eliminarla: Dejar que los "yuyos" nativos convivan con la huerta. Plantar especies autóctonas, no solo ornamentales importadas. Respetar los corredores de monte aunque estén en el fondo de la chacra. Un pedazo de selva en pie vale más que un pastizal limpio.
- Recolectar agua de lluvia: Misiones recibe entre 1.500 y 2.000 mm de lluvia anuales. Una cisterna básica puede almacenar miles de litros por temporada para riego, reduce la presión sobre las napas y baja la factura.
- Abandonar los agrotóxicos en la huerta doméstica: Existen biopreparados caseros —purín de ortiga, caldo bordelés, extracto de ajo— que controlan plagas sin contaminar el suelo ni el agua.
- Apostar a la agroecología y la agroforestería: Si se tiene chacra, el modelo de producción diversificada es más resiliente, más sano y, a largo plazo, más rentable que el monocultivo dependiente de insumos externos.
- Comer basado en plantas y de origen local: Reducir el consumo de carne, diversificarlo con proteínas vegetales de producción local reduce la presión sobre el bosque y apoya la economía regional.
- Exigir a los municipios que adopten políticas concretas: El municipio de Wanda ya tiene una Dirección de Agroecología. Los vecinos pueden exigir lo mismo en cada localidad.
La tierra no necesita que la lloremos un 22 de abril. Necesita que dejemos de destruirla el 23, el 24 y todos los días del año. Necesita que seamos honestos sobre la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos. Entender que el "yuyo" tiene nombre, que el arroyo tiene memoria y que el yaguareté que desapareció no vuelve con un emoji.
Misiones tiene algo que muy pocas provincias argentinas conservan: un ecosistema de valor planetario, todavía vivo, todavía resiliente, todavía capaz de regenerarse si se lo deja. Eso es un privilegio histórico. Y también es una responsabilidad enorme.
Fuentes consultadas: Ministerio de Ecología y Recursos Naturales Renovables de Misiones, Estado de la Deforestación en Misiones 2025 (diciembre 2025); Greenpeace Argentina, Informe Anual de Deforestación 2025; Denis Baranger et al., Tabaco y agrotóxicos. Un estudio sobre productores de Misiones, UNaM; Redalyc — Usos del territorio, el caso del tabaco Burley en Misiones; OMS/OPS, El tabaco y su impacto ambiental; Archivos de Bronconeumología — Posicionamiento de la OMS: Impacto del tabaco en el medio ambiente (2018); Stefani Suárez/FCF-UNaM, Deforestación en Misiones; CONICET — Producción forestal y conservación de la biodiversidad en la selva Misionera; Agencia Tierra Viva / Resumen Latinoamericano — Certificaciones participativas en Misiones (abril 2024); Secretaría de Estado de Agricultura Familiar de Misiones; IMiBio — Instituto Misionero de Biodiversidad.
















